A las dos en punto de la madrugada, Lola sentía como se deslizaba la sabana hacia el otro lado de la cama. Dormía sola, pero desde hacia dos años, en punto, se iniciaba el rito. Una vez que su cuerpo quedaba descubierto, un placer enorme e indescriptible la cubría.

         En medio del profundo silencio que provocaba su sordera, Lola se entregaba sin reparos pero con mucha pasión a su secreto nocturno. Jamás se le ocurrió abrir los ojos. En ese momento sentía claramente como levitaba y podía ver desde lo alto a su propio cuerpo, viejo y maltrecho de tanta soledad. Era, en ese preciso instante, cuando la felicidad le estallaba en plena cara.

         Al despertar, Lola lo hacia despacio, recolocando cada parte de su cuerpo en su sitio. La cama deshecha le confirmaba la batalla pasada. Su cutis y su sonrisa se veían radiantes, cosa que no se explicaban ni amigos ni familiares.

         Cierto es que,  al principio de tan extraño suceso, se asustó un poco y quiso averiguar lo que pasaba, pero le ganó el miedo: a sus sesenta y siete años no se podía permitir el lujo de perder tan exquisito regalo que la vida le estaba obsequiando noche tras noche. Así pues, abandonó todo argumento racional.

         Sí Lola hubiese abierto los ojos alguna vez, habría descubierto que su fantasma era tan terrenal como Paco, el vecino del 8c.